Existe un mito según el cual una persona genial, o de gran talento siempre encontrará su camino, pese a las dificultades. Si no le resulta, entonces no es tan talentoso. La realidad es diferente, dice Malcolm Gladwell.
En su libro „Fueras de serie” examina y compara la vida de dos genios. Uno es Christopher Langan, un hombre con el coeficiente intelectual más alto del mundo, sobre 190, y el otro es Robert Oppenheimer, el físico conocido por encabezar el esfuerzo estadounidense por desarrollar la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial. Langan ya muy niño leyó las obras fundamentales de la física teórica, y soñaba sobre investigar las soluciones últimas. Añoraba la atmósfera intelectual electrificante de las grandes universidades, sin embargo, no logró terminar sus estudios universitarios, y vive en un criadero de caballos en Tejas, escribiendo libros y artículos los que no publica nadie. Langan viene de una familia pobre y totalmente disfuncional. Nadie le enseñaba las reglas de urbanidad. Carecía valentía para conversar con autoridades y representar sus propios intereses. Por eso – pese a los tremendos esfuerzos que hizo para estudiar – no logró recibir la beca que le correspondía, y las facilidades que merecía. Por ser muy tímido y algo rústico, sus profesores en la universidad no descubrieron su enorme talento. Al final quedó fuera, frustrado. Es difícil decir quien perdió más con eso, él, como persona, o la sociedad.
En cambio, Robert Oppenheimer tuvo la educación adecuada para desarrollar sus capacidades. No sólo las intelectuales, sino también, lo que se llama „el curriculum invisible”. Las actitudes en sociedad, la seguridad en sí mismo, que permite portarse como de igual a igual con personas de autoridad. Tampoco le fue fácil. En Cambridge se interesó por la física teórica, y su tutor le obligó a estudiar física experimental. Él se desanimó y se volvió cada vez más inestable emocionalmente, hasta que tomó algunas sustancias químicas del laboratorio, e intentó envenenar su tutor. Blackett, por suerte, se dio cuenta de que algo andaba mal, y Oppenheimer tuvo que entrevistarse con el decano. Y, ¿qué pasó? Al final, se acordó que Robert sería sometido a libertad condicional, y a sesiones regulares con un eminente psiquiatra. O sea: la persona más inteligente del mundo que carecía de las habilidades sociales necesarias para representar sus propios intereses terminó como cowboy en Tejas. Y la otra, en vez de secarse en la cárcel, llegó a dirigir el proyecto científico tal vez más importante del siglo XX.

